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Salamanca (España)
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Sifón Valley

En 1880, tres amigos valencianos, Enrique Ortiz, Ricardo Sanz y Bautista Aparici, montaron en un pequeño pueblo llamado Aielo de Malferit una startup local llamada “La Botellería”. Nada tipo Silicon Valley. Nada de rondas seed. Nada de venture capital. Tres tipos haciendo bebidas espirituosas raras en Valencia mientras probablemente alguien secaba embutido al sol en la puerta de al lado.

Aquellos emprendedores crearon un jarabe llamado Nuez de Kola-Coca a partir de hojas de coca peruana y nuez de cola. Ganaron premios internacionales, exportaban producto sin la ayuda del ICEX y fueron proveedores de la Casa Real. Y uno de ellos, Bautista Aparici, llevó la bebida a una feria de Filadelfia en 1885 dando muestras a todos los que se interesaban sobre el producto artesanal..

Un año después, apareció en Atlanta un farmacéutico llamado John Pemberton lanzando una bebida sospechosamente parecida llamada Coca-Cola. Tenía los mismos ingredientes, nombre parecido y el producto era el mismo pero sin alcohol y con gas.

Otro caso en el que se evidencia el carácter inventor de los españoles, aquellos pícaros que poniendo un palo a un objeto crearon el Chupa-Chus o la fregona y hacemos que la historia se repita: inventamos algo revolucionario, no lo protegemos bien, otro lo convierte en un imperio mundial y nosotros acabamos haciendo documentales y camisetas diciendo “la idea era nuestra«.

Décadas después, cuando Coca-Cola quiso entrar oficialmente en España, se encontró con un pequeño problema: en Valencia ya existía algo llamado Kola-Coca. Así que representantes de la multinacional acabaron visitando Aielo de Malferit para comprar los derechos del nombre. Aquella empresa .Co ya era la más poderosa del marketing mundial y estaba negociando en un pueblo valenciano de 4.000 habitantes que seguían tomando su dosis diaria de sifón.
Ahora, en brazos de los gigantes de la IA, aquella Coca-Cola empieza a cerrar plantas históricas en Estados Unidos en nombre de la “optimización”, la “eficiencia” y la “innovación sostenible”. Este mes de mayo de 2026 se anunció el cierre definitivo de una histórica planta embotelladora en Ventura, California, tras 114 años de actividad. La razón oficial: reorganización estratégica, consolidación operativa y adaptación al nuevo mercado. Traducido del corporativo al castellano de sifón y vermú: ya ni siquiera el capitalismo sentimental del siglo XX puede permitirse mantener ciertas fábricas abiertas.

Evidentemente, nuestro sifón nunca fue moderno. Nunca fue escalable. Nunca tuvo un departamento de innovación disruptiva ni un Deck hablando de “ecosistemas líquidos de consumo”. Mientras las multinacionales cierran plantas centenarias para sobrevivir a los algoritmos, en España todavía queda gente que piensa que el vermú sabe mejor “con un chorrito de sifón”. Y quizá esa sea la verdadera diferencia entre crear un imperio… y durar más que él.

Y aquí es donde este humilde Consultor abandona la españolada vintage y empieza a hablar de ese «Black Mirror» patrocinado por refrescos. De esa Coca-Cola que ya no depende solo del azúcar, del marketing o de la felicidad embotellada. De esa Coca-Cola que depende de cadenas logísticas globales, rutas marítimas, aluminio, tensiones geopolíticas y algoritmos financieros capaces de decidir en segundos qué fábrica sigue viva y cuál desaparece.

Esa globalización roja y en botella (o en lata) que hace que la India se haya quedado sin Coca-Cola Light por el Conflicto en Oriente Medio. Según diversos medios, el bloqueo del estrecho de Ormuz y la crisis del aluminio han provocado problemas de suministro de latas donde la Coca-Cola Light se comercializa casi exclusivamente en formato metálico.

La bebida que nació como producto dietético para boomers americanos… ha terminado convertida en objeto de culto para la Generación Z. Lo llaman el fridge cigarette: abrir una Coca-Cola Light helada como quien sale cinco minutos a fumar para sobrevivir al Excel, al burnout y a las reuniones de Zoom.

La lata plateada ya no es un refresco. Es como el momento del pincho en Salamanca que me cuentan los aforados del lugar, una pausa emocional, una identidad estética, un meme generacional y , aparentemente, un activo geopolítico estratégico.

El sifón jamás tuvo esos problemas. Nunca dependió del estrecho de Ormuz. Nunca necesitó estrategias ESG.
Tampoco recuerdo haber visto campañas en TikTok explicando bienestar emocional líquido.

El sifón simplemente estaba ahí. Silencioso, esperando el colapso del capitalismo global para volver a parecer una idea razonable que aporte ese gas necesario a un mundo sediento de burbujeo.

Porque si, amable lector, seguro que usted lo recuerda bien: el sifón… era verde, claro que lo era. Ese verde translúcido de bar español, de vermú de domingo, de camarero con mandil, de mesa de aluminio y aceitunas levitando en un plato de pizarra. El verde humilde y cotidiano que llevaba décadas en España mucho antes de que los departamentos de sostenibilidad descubrieran palabras como net zero, ESG o economía circular.

Y ahora, por fin, todo ya encaja. Mientras Coca-Cola pasó un siglo conquistando el planeta vestida de rojo, el color de la expansión, del consumo masivo, de la épica industrial americana, el viejo sifón verde seguía ahí, callado en esa soledad sonora, esperando…

Como una especie de profeta castizo del postcapitalismo. Porque quizá el verdadero símbolo del futuro no era la lata roja. Era el sifón verde que estaba encima de la barra de un bar de la Prospe todo este tiempo.

Y aquí ya no se necesitan metáforas vanas, ni ChatGPT, ni Gemini ni Claude…. recurrimos a lo que somos, nuestra historia, nuestra identidad, nuestras raíces.

Esas que nos dibujan desde la tradición cristiana que el rojo representa la Pascua: la intensidad, el sacrificio, el gran acontecimiento extraordinario dará paso al verde: el tiempo ordinario. la continuidad, la permanencia.
La vida que sigue cuando termina el espectáculo. Y eso es exactamente lo que parece estar ocurriendo con Coca-Cola. El rojo fue el siglo XX: expansión, publicidad, fábricas gigantes, american way of life, felicidad embotellada.

Pero el siglo XXI es verde: sostenibilidad, supervivencia, energía renovable, optimización, IA, reducción de emisiones,

y consumidores que ya no quieren que una marca les grite; quieren que no destruya el planeta mientras les vende azúcar.

Coca-Cola ha empezado a vestirse de verde. En Argentina, la compañía anunció la transición de parte de su producción hacia energías renovables, incorporando una nueva narrativa visual y sostenible donde el histórico rojo empezaba a convivir con el verde. El capitalismo industrial del siglo XX descubría de repente el color del viejo sifón español.

Por eso quizá el cambio más importante no es que Coca-Cola se vuelva verde. Es que el sifón llevaba razón un siglo. Mientras Silicon Valley hablaba de disrupción, en España teníamos una botella reutilizable, duradera, recargable, compartida y prácticamente circular encima de la mesa de cualquier bar sin tener que hablar de innovación exponencial.

Solo un sifón verde esperando tranquilamente a que el futuro terminara pareciéndose a él.

Quizá por no poder parecerse, el CEO histórico de Coca-Cola ha decidido apartarse al darse cuenta de que la Inteligencia Artificial ya no venía solo a sustituir becarios, diseñadores junior o gente que hace presentaciones en PowerPoint a las tres de la mañana.

Ahora también estaba entrando en las salas donde se decide el futuro del capitalismo. James Quincey anunció su salida después de casi una década al frente de la compañía. Y lo relevante no es el relevo, lo importante es el lenguaje. De repente, la mayor multinacional de refrescos del planeta ya no hablaba solo de bebidas. Hablaba de automatización y nuevas «olas de crecimiiento».

A mi me cuesta imaginar algo más distópico que esto: la empresa que convirtió el azúcar en felicidad global
ahora necesita Inteligencia Artificial para seguir entendiendo a los humanos. Mientras tanto, el sifón seguía ahí: verde, recargable, sin machine learning que nos ayude a explicar a los consumidores que una simple agua con gas será “una experiencia líquida hiperpersonalizada impulsada por datos».

Por eso el sifón sobrevivirá a Coca-Cola. Porque esto nunca fue una guerra entre bebidas.Era una guerra entre dos maneras de habitar el mundo.

Una quiso conquistarlo todo el mercado, el tiempo, la atención, la memoria, incluso el alma.

La otra simplemente quiso permanecer sobre la mesa.

Crecimos en un siglo XX que creyó haber domesticado la historia. Embotellaron la alegría, industrializaron el deseo y convirtieron el consumo en una nueva religión global. Durante unas décadas luminosas y delirantes parecía que habían vencido al hambre, al silencio, a la distancia… incluso a Dios.

Y entonces llegó este extraño siglo XXI. El siglo que quiere matar la muerte con tecnología, reemplazar la memoria con algoritmos y automatizar la conciencia del ser humano hasta vaciarlo.

La era en la que las máquinas han empezado a escribir poemas, pintar cuadros y decirnos qué debemos desear antes incluso de sentirlo.

Y justo ahí, en mitad de toda esta ansiedad futurista, reaparece el sifón verde. Ridículamente simple. Esperando encima de una barra de bar como una reliquia absurda de otro tiempo.

Quizá no sea una reliquia. Quizá sea una advertencia que nos cuenta que, mientras con inteligencias artificiales capaces de comprender el universo, el viejo sifón ya ha entendido lo esencial: que la eternidad no pertenece a lo más grande.

Pertenece a lo que sabe volver: volver a llenarse, volver a compartirse, volver a la mesa.

Por eso el sifón era verde. Como el tiempo ordinario después de la Pascua. Como la vida después de la épica. Como la humanidad después de descubrir que ni el progreso ni la tecnología pueden salvarnos de nosotros mismos.

Después de un siglo intentando parecerse al futuro, Coca-Cola ha terminado pareciéndose a un viejo sifón español.

Mientras, en alguna aldea de Valencia, alguien sigue sirviendo vermú con un chorrito de gas sin saber que, probablemente, está sosteniendo entre las manos el último objeto verdaderamente humano de esta época.

Un enser humilde reutilizable, imperfecto, compartido.

Un objeto que nunca necesitó Inteligencia Artificial para comprender algo que las máquinas jamás entenderán del todo: que la vida no está hecha para ser optimizada, está hecha para ser compartida.

«España es el país más fuerte del mundo. Los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido.” Otto von Bismarck

Alberto Saavedra CXO imita.es Chief Exponential Officer

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