En 2026 celebramos el centenario de la llamada Escuela de Salamanca moderna, una efeméride que invita no solo a reivindicar figuras como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto o Martín de Azpilcueta, sino a reflexionar sobre algo mucho más incómodo y actual: el poder de la palabra para construir realidades.
Los pensadores de la Escuela de Salamanca fueron auténticos maestros del razonamiento. Desarrollaron conceptos fundamentales sobre derecho internacional, economía, moral y política. Supieron argumentar con brillantez, matizar dogmas y enfrentarse intelectualmente al poder. Pero, como ya ocurría con los sofistas en la Grecia clásica, también demostraron algo inquietante: que es posible defender casi cualquier cosa si se domina suficientemente el arte del discurso.

No siempre se trataba de buscar la Verdad. Muchas veces se trataba simplemente de hacer que una posición pareciera razonable.
Los sofistas no enseñaban lo que era justo, sino cómo ganar un debate. La Escuela de Salamanca no nació con ese fin, pero compartía una habilidad peligrosa: la capacidad de reformular la realidad hasta hacerla intelectualmente aceptable.
Justificaron la colonización, reinterpretaron aquello que no se atrevía a llamarse esclavitud, teorizaron sobre el valor del dinero o la legitimidad del poder… todo podía ser sometido a un sofisticado aparato argumental. No era mentira. Era algo más complejo: una verdad moldeada, una pseudoverdad, un anticipo de la posverdad contemporánea.
En esta nueva era internetiana ya no son teólogos ni filósofos quienes dominan el relato, sino modelos matemáticos, sistemas de recomendación y motores de generación de contenido. El nuevo sofista no habla en latín, habla en probabilidades.
Los algoritmos no mienten. Pero pueden priorizar unas narrativas sobre otras, invisibilizar hechos sin necesidad de censurarlos o generar discursos coherentes sin comprender su significado. Como los antiguos sofistas, no buscan la verdad, sino la verosimilitud: lo que parece cierto, lo que encaja, lo que funciona.
Pero hemos llegado a un punto en que ya no hablamos solo de tecnología o de discurso, sino de identidad. Existe una tendencia creciente a pensar que para ser modernos, inclusivos o globales hay que diluir las propias raíces. Como si la neutralidad cultural fuera sinónimo de progreso. Como si tener historia fuera un lastre, cuando en realidad una sociedad sin identidad es una sociedad sin criterio, sin suelo, sin relato propio.
España y Europa, nos guste más o menos, tienen raíces cristianas profundas. No como dogma religioso obligatorio, sino como estructura cultural, ética y simbólica: en el calendario, en el lenguaje, en los rituales, en la forma de entender la vida y la muerte.
Un funeral, por ejemplo, no es un acto administrativo ni un evento de Estado. Es un rito cristiano, porque nuestra manera colectiva de despedir a los muertos es cristiana. Cambiar eso por un formato neutro, aséptico o institucional no es modernizar: es vaciar de sentido algo que ya tenía significado.
Lo mismo ocurre con los símbolos. Mi hijo pequeño me dijo que las camisetas del Madrid y del Barcelona en la Supercopa parecían falsas. Le expliqué que lo que habían hecho era adaptación cultural, pero no entendía esa inclusión. Y quizá tenía razón.

Si el Real Madrid lleva una cruz en su corona, o el FC Barcelona la incorpora en su escudo, no es por marketing: es porque representan una historia concreta, una tradición concreta, una identidad concreta.
Quitar esos símbolos para vender más camisetas en Arabia Saudí no es inclusión. Es mercantilización de la identidad.
La Escuela de Salamanca hablaba del bien común como algo inseparable de la verdad, la justicia y la dignidad humana. No como algo negociable en función del mercado, la audiencia o el contexto geopolítico.
Hoy, sin embargo, el bien común se ha transformado en algo mucho más frágil: una narrativa que se ajusta según convenga. Lo que molesta se elimina. Lo que incomoda se disfraza. Lo que tiene raíces se vuelve problemático.
Así, la política se vuelve líquida, la cultura se vuelve neutra y la identidad se convierte en un obstáculo para la expansión comercial.
El caballero sin alma no es solo el algoritmo. Es también la institución que prefiere no ser nada antes que ser algo concreto.
La Escuela de Salamanca nos enseñó a pensar. Los sofistas nos enseñaron a convencer. La tecnología nos ha enseñado a escalar ambos procesos.
Hoy no basta con razonar bien. Hace falta algo más raro y más difícil: criterio, responsabilidad y límites.
Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas nos engañen.
El verdadero riesgo es que sepamos perfectamente que nos están convenciendo… y aun así aceptemos vivir dentro del discurso.
No todo es relativo. No todo es negociable. No todo puede convertirse en producto.
Una sociedad madura no es la que elimina sus símbolos para no molestar, sino la que asume su historia, la comprende críticamente y decide qué quiere conservar y por qué.
Innovar no es borrar lo anterior: es integrar lo nuevo sin perder el cimiento.
El verdadero progreso no consiste en parecer modernos, sino en ser coherentes.
Tener tecnología, sí. Tener mercado, sí. Tener proyección global, también.
Pero sin renunciar a aquello que nos define como comunidad: valores, cultura, símbolos, responsabilidad, identidad.
Porque cuando una sociedad deja de saber quién es, ya no decide su futuro: lo externaliza.
Y entonces el caballero ya no solo está sin espada. Está a la deriva, esperando que algún viento le invente un rumbo.
Siguiendo las palabras de Lope de Vega, con la honra, con la vida y con la hacienda… no se juega.
«Cuando en un pueblo la masa se niega a ser masa, sino que pretende dirigir la vida pública, la democracia degenera en demagogia.» José Ortega y Gasset
Alberto Saavedra CXO imita.es Chief Exponential Officer