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Rebobine por favor

Para los niños privilegiados que, en los años 80, tuvimos la fortuna de tener en casa un reproductor de vídeo sólo había una posible elección: la de los diferentes formatos a la hora de la compra: Beta de Sony, VHS de JVC o el V2000 de Philips. La única salvedad era esperar a que nuestros padres o un hermano mayor nos acompañaran a los videoclubs para poder alquilar películas de “Pajares y Esteso” o la de “Bruce Lee” durante unos días con el único requisito de devolverlas en plazo rebobinadas. En la Historia de la tecnología la batalla la ganó VHS porque Betamax cometió el error de vender las patentes para conseguir más beneficios a corto plazo y el 2000 ya llegó tarde.

A esos videoclubs de nuestros barrios le llegó la avalancha de las franquicias estadounidenses como Blockbuster en la que los usuarios iban a buscar películas a librerías ordenadas por género y, gracias al ingenio y los conocimientos de Base de Datos de David Cook, fueron los primeros en ofrecer un servicio por correo y vídeos bajo demanda con cuota gratuita de socio. Además fue muy inteligente en llegar a acuerdo exclusivo con las compañías de cine como Paramount, Warner o Sony, lo que le permitía ofrecer primicias y estrenos y personalizar la propuesta comercial a sus socios según las preferencias que aparecían en su pionero CRM.

Cuentan que a finales del milenio uno de sus socios, Reed Hasting, pagó 30 dólares de multa por devolver tarde la película “Apolo 13” y de ahí surgió la idea de Netflix como un modelo de suscripción mediante el cuál por la mitad de la multa podrías ver todas las películas que quisieras cada mes. Reed le propuso al CEO de Blockbuster trabajar juntos en el nuevo modelo de negocio pero la arrogancia del éxito del Goliat de turno no le permitió ver más allá que una startup y rechazó la oferta por considerarla una locura. Después Blockbuster lo intentó con streaming, un Parque de Atracciones temático e incluso con salas de cine pero llegó tarde para ser el mejor amante del mercado de los contenidos digitales y entro en quiebra técnica.

Ese es el principal problema que contemplamos desde imita en España con muchas compañías prometedoras que no transforman su organización y no actualizan su modelo de negocio para adaptarse a un entorno en perpetuo cambio. Aprendamos de experiencias como Kodak ante el mercado digital, MySpace con las tendencias de Facebook, el añorado Messenger de Hotmail con la llegada de Google y Whastapp o librerías online pioneras en Estados Unidos que sucumbieron al monopolio del garaje de Amazon.

NetFlix llegó a España en el 2015 y la posterior explosión de la serie de La Casa de Papel. Dejando a un lado las bondades del modelo de negocio, los “taggers” que cobran por ver películas y series o que sea el producto online que consume el 15% del ancho de banda a nivel mundial (el 60% el vídeo en general), el radical problema es el uso y disfrute que hace de la plataforma la indefensa e inmadura generación de nuestros hijos (es de los aplicativos más difíciles para configurar la custodia parental para menores de 18 años).

Como muestra de la evidencia, una serie coreana estrenada hace un mes, “El juego del calamar”, cuyo impacto en los niños es alarmante ya que normaliza en menores de 8 años conductas violentas que deberían de estar fuera del imaginario infantil de un niño. Personalmente no abrazo los contenidos de Netflix en mi familia por lo que para este fin me he nutrido de información de periódicos digitales, Consejerías de Educación y las circulares que remiten desde colegios públicos y privados. Al parecer la serie narra la historia de la ternura de un padre y una hija pero esta narración se transforma en el caos de la supervivencia en una trama de juegos infantiles en la que quien pierde, muere.

La creatividad coreana de la serie se le presupone, como el valor a los toreros. El verdadero problema no es la serie en si misma, sino que accedan a ella niños de primaria que interioricen que lo normal cuando ganan al escondite inglés es decirle al que ha perdido “estás muerto” o que le den un puñetazo por haberse dado la vuelta antes de tiempo. La violencia está en nuestra génesis y aunque los niños tienen un umbral que les permite distinguir lo real de lo falso hasta cierta edad no discriminan la diferencia entre lo bueno y lo malo y con esa violencia naturalizada no serán capaces de discernirlo.

Puede ser normal que un niño de primaria de hoy no quiere ir a ver D’artacan y los tres mosqueperros, ante otros atrayentes contenidos de la industria pero si ésta normaliza la violencia, según teorías contrastadas como la de L’Ecuyer, el niño necesitará cada día una inyección de dopamina para estimularse. Esa es la razón que lleva a los creadores de series o películas a depurar la droga cada vez más aumentando incluso la velocidad de los fotogramas. 

Visto desde fuera da la impresión de que la violencia (como las últimas muestras de fuerza del dictador coreano) y la falta de visión dominan el mundo. El ser humano ha evolucionado desde aquella condición de Caín que mata a su hermano Abel, la barbarie de despreciar la conciencia que se le ha otorgado o comercializar con la tortura como moneda de trueque.

No podemos permitir que la violencia se convierta en el nuevo canibalismo del siglo XXI. No nos podemos quedar con la foto fija ni el fotograma, lo importante es ver la película completa, aquello que se sedimenta en la mente de los niños y que cimentará lo que serán el día de mañana. Hay fronteras y límites que no se pueden traspasar.

No es cuestión de regresar a la Abeja Maya, ni a las películas de indios y vaqueros o a las artes marciales de Bruce Lee pero no podemos dejar que jueguen con la educación, el futuro y los valores de nuestros hijos.

NO ACEPTAMOS CALAMAR COMO ANIMAL DE COMPAÑÍA.

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Mathama Ghandi.

Alberto Saavedra at imita.es Chief Vissionary Officer

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